Concilium

« Exigencias espirituales desde minorías subordinadas   »

Por: Diego Irrarázaval


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En “nuestra casa común”[1], un plurifacético universo, junto a fascinantes espiritualidades abunda la inequidad hacia el prójimo y hacia el medio ambiente. Ello afecta a minorías que de hecho conforman mayorías. En estos contextos cabe escuchar “tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” (LS´49). En América Latina, un pensar cristiano sobre minorías da prioridad a gente postergada. 

[1] Laudato Si´ # 13, 17, 53; el concepto `casa común´ hace alusión a lo familiar y a responsabilidades compartidas (en medio de un universo fragmentado y maltratado).

En estas regiones existen varios tipos de minorías. Gran parte de ellas cargan un maltrato mediático, laboral, económico, cultural. Lo no católico es discriminado por lo católico. Por otro lado, existen bellas iniciativas de personas y movimientos que dan testimonio de genuina solidaridad y de vínculos espirituales. Todo esto afecta la actividad eclesial.

Esta realidad desafiante permite reconsiderar el Evangelio. De manera especial, permite, apreciar el abajamiento del Señor (Flp 2:7-8) y de cada creyente, y así poder reconocer al Espíritu entre minorías, migrantes, diversos pueblos (Hechos 2:8-10). Además, al reflexionar solidariamente con pueblos y medio ambientes postergados, se palpa el Misterio del otro.

Hoy es urgente un pensar cristiano de carácter profético con respecto a las minorías. Cabe discernir como lo micro -aunque supeditado a lo macro- es capaz de resistir y modificar el desorden planetario. El cambio de época conlleva masas humanas desplazadas y convertidas en minorías, encuentros y desencuentros entre culturas, inéditos sincretismos, varios modos de transcendencia. Los procesos globales fragmentan y distancian a las minorías; aunque éstas también se ponen de pie y dicen su palabra.

De modo paradojal, “la globalización produce crecientemente discursos de identidad y, como consecuencia, movilizaciones por la autonomía de grupos minoritarios”[2]. Cabe pues evaluar modos de entender la globalización (ya que ella fabrica grupos en parte sumisos y en parte resistentes), y sopesar las alternativas en manos de minorías (a contracorriente del consumo de objetos y de sueños miméticos con respecto a los pudientes). Al ponderar de modo socio-político la temática de las minorías, es posible pensar como creyentes con los pies en la tierra.

[2] José Bengoa, La emergencia indígena en América Latina (Santiago: FCE, 2016), 37.

El lenguaje oficial suele discriminar a minorías sin asumir ni dialogar con sus códigos y proyectos de vida; cada lenguaje humano, aunque intente ser neutral, está condicionado por sujetos que discriminan. Otra inmensa problemática es que en contextos cristianos (como muchos de América Latina) los programas de iglesias son poco o nada relevantes para minorías y mayorías. Ellas creen en Dios, y suelen ser inactivas en las iglesias. Quienes poco o nada ´practican´ (según pautas formales) tienen sus propios modos de vivir la fe. Al respecto, los mundos autóctonos son iluminadores.

Por otra parte, redes potentes aunque pequeñas, tales como las comunidades de base, proclaman: “somos iglesia del pueblo, ya nadie nos detendrá… no habrá descanso ni calma hasta que el Reino de Dios… sea vida en abundancia en toda la creación”[3]. En otras palabras, algo pequeño, como una comunidad, difunde energías universales.

[3] Canción del X Encuentro Continental de Comunidades Eclesiales de Base, 13-17/9/2016, Paraguay.

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