Concilium

Jon Sobrino – « Monseñor Romero »

Jon Sobrino

« Monseñor Romero, ser humano, cristiano y arzobispo cabal »

Linda Hogan, João J. Vila Chã, Michelle Becka

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Escribo desde San Salvador donde viví tres años, desde 1977 cuando fue nombrado arzobispo hasta su asesinato en 1980. Lo que voy a decir es conocido entre nosotros. En otros lugares, aunque se acepte y aun admire a Monseñor, el enfoque de Monseñor puede ser y es con frecuencia distinto. Lo que creo que añaden personas como Ellacuría -mártir él también- o este servidor es la experiencia personal, directa e inmediata de Monseñor. En la misa de su funeral Ellacuría dijo: “Con monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”. No lo dijo en virtud de su aguda inteligencia sino de su contacto real con él. Por mi parte, también en virtud de mi contacto con él lo primero que escribí y dije después de su asesinato es que “monseñor Romero creyó en Dios”. 

Lo que ocurrió en el Vaticano el 14 de octubre de 2018 – su canonización – fue importante, pero en el lenguaje de los antiguos fue un accidente. La sustancia fue el monseñor Romero real, su hacer y decir, su total confianza en Dios, su total obediencia a Dios y su total entrega a los pobres y víctimas de este mundo. 

En El Salvador, el 24 de marzo de 1980, día de su asesinato, a nadie se le ocurrió pensar en términos de canonización, pero mucha gente habló de la excelencia humana, cristiana y arzobispal de Monseñor Romero. Llorando, una campesina decía: “han matado al santo”. Pocos días después don Pedro Casaldáliga escribió: “San Romero de América, pastor y mártir nuestro”. A nadie se le ocurrió que había que trabajar en alguna curia para declararlo santo.

No ocurrió lo que en otras ocasiones. Cuando murió José María Escrivá de Balaguer muchos se precipitaron para conseguir su canonización. Cuando murió la madre Teresa de Calcuta ya existía una gran estima por sus virtudes, sobre todo por su amorosa parcialidad con los que sufren y son abandonados, y esperaban su canonización. Cuando murió el papa Juan Pablo II se escuchó el “santo súbito”.

Nada de eso ocurrió a la muerte de Monseñor Romero. Y conviene recordar que el día de enterrar al Romero muerto, se vivieron los horrores con los que se enfrentó el Romero vivo. En la plaza de catedral rebosante de gente explotaron bombas, muchos salieron corriendo para buscar refugio, y dejaron una montaña de centenares de zapatos. Por cierto, el delegado oficial del papa, Monseñor Corripio, pidió que lo llevasen inmediatamente al aeropuerto. Por el contrario hay una foto en que se ve a seis sacerdotes llevando a hombros el ataúd de Monseñor, entre ellos estaba el padre Ignacio Ellacuría. 

Vayamos a la sustancia. Monseñor Urioste solía repetir que Monseñor Romero fue el salvadoreño más querido, por las mayorías oprimidas, y el más odiado, por las minorías de opresores. ¿Cuál fue la sustancia del 14 de octubre? A un campesino le preguntaron quién fue monseñor Romero, y sin titubear contestó: “Monseñor Romero dijo la verdad. Nos defendió a nosotros de pobres. Y por eso lo mataron”. Es decir, vivió y murió como Jesús de Nazaret. 

1. Monseñor Romero dijo la verdad

Fue decidor de la verdad, estuvo poseído por ella y la dijo con pathos. Cuando la realidad era buena para los pobres, Monseñor decía la verdad como evangelio, buena noticia, con exultación y gozo. Cuando la realidad era mala, miseria, opresión y represión, crueldad, muerte -especialmente para los pobres-, Monseñor decía la verdad como mala noticia, con denuncia y desenmascaramiento, y la decía con dolor. Lleno de verdad, Monseñor fue evangelizador entrañable y profeta insobornable.

Como “decidor de la verdad”, monseñor Romero emitió juicios sobre la realidad, toda ella. Dejó que “la realidad tomara la palabra” (Karl Rahner), y él tuvo la honradez de hacer pública esa palabra pronunciada por la misma realidad. Desde estas convicciones Monseñor Romero dijo la verdad de forma nunca conocida en el país, ni antes ni después. La dijo vigorosamente, pues se remitía a lo más básico y fundamental: “nada hay tan importante como la vida humana, sobre todo la vida de los pobres y oprimidos” (16 de marzo, 1980). En Puebla pidió a Leonardo Boff: “ustedes, teólogos, ayúdennos a defender lo mínimo que es el máximo don de Dios: la vida”. La dijo extensamente, para poder decir “toda” la verdad. Por eso sus eucaristías en dominicales e catedral podían durar hora y media o más. La dijo públicamente, “desde los tejados” como pedía Jesús, en catedral y a través de la emisora del arzobispado YSAX, que fue dinamitada e interferida varias veces. Su última homilía tuvo que pronunciarla ante un teléfono conectado a una emisora de Costa Rica. La YSAX sigue en el aire, pero sin Monseñor, ha perdido el valor excepcional que tuvo. Monseñor dijo la verdad popularmente, aprendiendo muchas cosas del pueblo, de modo que, sin saberlo, los pobres y los campesinos eran en parte coautores de sus homilías y cartas pastorales. “Ustedes y yo hemos escrito la cuarta carta pastoral” (6 de agosto de 1979). “Entre ustedes y yo hacemos esta homilía” (16 de septiembre, 1979). Y formuló notables sentencias sobre su relación con el pueblo para decir verdad. “Siento que el pueblo es mi profeta” (8 de julio, 1979). “Hicimos una reflexión tan profunda que yo creo que el obispo siempre tiene mucho que aprender de su pueblo” (9 de septiembre de 1979). 

Y fue también popular pues Monseñor respetaba y apreciaba la “razón”, el discurrir del pueblo, de la gente sencilla. Y evitaba con éxito dar pasos hacia la infantilización religiosa, peligro que suele ser normal en la pastoral. 

2. Nos defendió a nosotros de pobres

En América Latina, y ciertamente en El Salvador, creo que buen número de personas aceptan la “opción por los pobres”. Podemos decir que ya pertenece a la ortodoxia eclesiástica, con el peligro de toda ortodoxia de limar aristas y desleír lo fundamental. Sin minusvalorar las cosas bien dichas en Puebla sobre pobres y pobreza, sobre todo la sobrecogedora letanía de los rostros de pobres (n. 32-39), su multitud (n. 29), sus causas estructurales y sus exigencias (n. 30), voy a insistir en una comprensión más precisa de la opción, que aparece en la formulación teologal que hace Puebla. Dice en el n. 1142: 

Los pobres merecen una atención preferencial, cualquiera que sea la situación moral o personal en que se encuentren. Hechos a imagen y semejanza de Dios, para ser sus hijos, esta imagen estáensombrecida y aun escarnecida. Por eso Dios toma su defensa y los ama.

El campesino entendió bien la opción por los pobres de monseñor Romero. “Nos defendió a nosotros de pobres”. No tengo nada que añadir a esta solemne sentencia del campesino. Ni al lenguaje que usó: nos defendió a nosotros “de pobres”, es decir a nosotros “que somos pobres”. La conclusión es que Monseñor defendió a los pobres y oprimidos del país, no sólo los amó. Semana tras semana, defendió a pobres y víctimas con la verdad que proclamaba públicamente en sus homilías. Impulsó la organización popular y el Socorro Jurídico para defender a campesinos y víctimas. Cuando arreció la represión abrió las puertas del seminario central San José de la Montaña para acoger, a los campesinos que huían de Chalatenango -lo que por cierto disgustó a varios obispos. 

Es claro que Monseñor defendía al oprimido. Pero también hay que estar claros en lo que implica defender. Defendersupone enfrentarse a y, cuando es necesario, luchar de la manera más humana posible contra los que agreden, empobrecen, persiguen, oprimen y reprimen. Por defender a los pobres Monseñor se enfrentó con los que mienten y asesinan, fuesen personas, instituciones o estructuras. Y la suya fue una defensa primordial, que iba más allá de lo que convencionalmente se suele entender por “defender un caso” con la finalidad, además, de “ganar un caso”. Trabajaba y luchaba para que ganase la realidad maltrecha, la justicia y la verdad. Más a fondo, trabajaba y luchaba para que alguna vez no perdiesen los de siempre. 

Veamos un enfrentamiento notable. La Corte Suprema de Justicia le había emplazado públicamente a que dijese los nombres de “los jueces que se venden”, que Monseñor habría denunciado en su homilía dominical. Los asesores de Monseñor estaban asustados, y no sabían cómo Monseñor iba a salir con bien ante tal emplazamiento. Monseñor no se alteró. En la homilía siguiente aclaró en primer lugar que él no había dicho “jueces que se venden”, sino “jueces venales”. Pero no se entretuvo en si dije o no dije esto o aquello, que poco importaba, sino que sin más miramientos fue al fondo de la cuestión.

“¿Qué hace la Corte Suprema de Justicia? ¿Dónde está el papel transcendental en una democracia de este poder que debía estar por encima de todos los poderes y reclamar justicia a todo aquel que la atropella? Yo creo que gran parte del malestar de nuestra patria tiene allí su clave principal, en el presidente y en todos los colaboradores de la Corte Suprema de Justicia, que con más entereza deberían exigir a las cámaras, a los juzgados, a los jueces, a todos los administradores de esta palabra sacrosanta, la justicia, que de verdad sean agentes de justicia” (30 de abril, 1978).

Monseñor fue defensor del pobre con todo lo que era y tenía. Cinco días antes de ser asesinado, a un periodista extranjero que le preguntaba cómo era posible, en situación tan difícil, ser solidarios con el pueblo salvadoreño le contestó: “El que no pueda hacer otra cosa que rece”. Pero hagan, hagan todo lo que puedan, vino a decir. Y recordó la razón para ese hacer necesario. “No olviden que somos hombres […] y que aquí están sufriendo, muriendo, huyendo, refugiándose en las montañas”. En la Universidad de Lovaina había dicho “la gloria de Dios es que el pobre viva”. Defender al pobre es defender a Dios. 

3. Y por eso lo mataron

El campesino le atinó. En la tradición bíblica “decir verdad” es un imperativo que viene de lejos. Y de lejos viene también cuán peligroso es el ámbito en que se mueve la verdad. “El maligno es asesino y mentiroso”, dice el evangelio de Juan (8, 44). Primero da muerte, y después la encubre.

Monseñor estuvo rodeado de muerte y de muertos, y muy novedosamente de sacerdotes asesinados en los que ahora nos vamos a concentrar. Durante su vida seis sacerdotes fueron asesinados. Y desde el primer asesinato hasta el de los jesuitas de la UCA en 1989 el número se elevó a 18. En Guatemala ocurrió algo semejante.  Monseñor habló mucho del asesinato de sacerdotes no por considerarlos más importantes que otros asesinatos, y de hecho siempre recordaba escrupulosamente a todos, laicos y laicas, que habían sido asesinados. Pero por su simbolismo eclesial, y muchas veces cristiano, hablaba y reflexionaba con más fuerza cuando el asesinado era un sacerdote. “A mí me toca ir recogiendo cadáveres”, comenzó su homilía el 19 de junio de 1977 en Aguilares, remitiéndose al asesinato del Padre Grande y sus dos acompañantes. Monseñor comprendió muy pronto que el “recoger cadáveres” iba a ser elemento esencial de su ministerio arzobispal.

En 1979 fueron asesinados otros tres sacerdotes (Octavio Ortiz, Rafael Palacios y Alirio Macías). Monseñor profundizó en la realidad de esos asesinatos y concluyó con palabras tajantes: “se mata a quien estorba” (23 de septiembre). Los mantuvo explícitamente presentes: “quiero recordar con cariño y solidarizarme con los sacerdotes asesinados” (16 de septiembre). En palabras escandalosas proclamó la importancia eclesial de que los asesinados hubiesen sido sacerdotes. “Sería triste que en una patria donde se está asesinando tan horrorosamente no contáramos entre las víctimas también a los sacerdotes. Son el testimonio de una Iglesia encarnada en los intereses del pueblo” (24 de junio). Y un mes después dijo: “me alegro, hermanos, de que nuestra Iglesia sea perseguida, precisamente por su opción preferencial por los pobres y por tratar de encarnase en el interés de los pobres” (15 de julio).

Era consciente de cuán difícil era cumplir lo que decía: “qué difícil es dejarse matar por amor al pueblo” (12 de agosto). Pero se mantuvo firme: “el pastor no quiere seguridad mientras no se la den a su rebaño” (22 de julio). Fue consecuente y cada vez más radical hasta el final de su vida:

“Como pastor estoy obligado por mandato divino a dar la vida por quienes amo, que son todos los salvadoreños, aun por aquellos que vayan a asesinarme… Puede usted decir, si llegasen a matarme, que perdono y bendigo a quienes lo hagan” (marzo de 1980).

No quisiera terminar sin aclarar que a Monseñor Romero no lo mataron simplemente por amar la verdad -lo cual suele ocurrir- sino por decirla. Esta actitud martirial fue fundamental desde el principio. El 21 de agosto de 1977, al celebrar su cumpleaños dijo en la homilía: “He comprendido una vez más que mi vida no me pertenece a mí sino a ustedes”.

Volvamos al 14 de octubre. Ese día, junto a Monseñor Romero canonizaron también al papa Pablo VI. Pienso que ambos se apreciaban mutuamente. Monseñor agradeció la Evangelii Nuntiandi de Pablo VI y la puso a producir en su misión pastoral. Y lo que más le impactó del papa ocurrió en su viaje a Roma. Fue a hablar con él poco después del asesinato del Padre Rutilio Grande. Pablo VI, con gran cariño, le agarró de la mano y le dijo “avanti, coragio”. Termino con las palabras ya citadas de Ignacio Ellacuría: “Con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”. Son palabras de mártir a mártir.


Author

Jon Sobrino, nato nel 1938 a Barcellona da famiglia basca e ha compiuto gli studi in Spagna, in Germania e negli Stati Uniti. Gesuita della provincia dell’America centrale dal 1957, dal 1974 risiede in El Salvador. È professore di teologia e direttore del Centro “Monseñor Romero” presso l’Università cattolica dell’America centrale con sede a San Salvador. È stato membro del comitato internazionale di direzione della rivista Concilium.  Tra le sue pubblicazioni: Cristología desde América Latina, México 19762; Monseñor Romero, San Salvador 1989; Jesucristo liberador. Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret, San Salvador 1991; El principio misericordia,Santander 1992; La fe en Jesucristo. Ensayo desde las víctimas, Madrid 1999, 20002; Cartas a Ellacuría, Madrid – San Salvador 2004; Fuera de los pobres no hay salvación. Pequeños ensayos utópico-proféticos, Madrid 2007. Ha diretto con Ignacio Ellacuría, assassinato nel 1993, l’opera Mysterium Liberationis. I concetti fondamentali della teologia della liberazione, Borla – Cittadella, Roma – Assisi 1992.

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